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Pocas instituciones
humanas pueden siquiera aproximarse remotamente a la antigüedad
de los Juegos Olímpicos.
Su cuna estuvo en Grecia, en la región del Peloponeso, hace unos 3.000 años, cuando empezaron a organizar competiciones deportivas en algunas ciudades como mezcla de deporte, cultura y religión.
Nadie conoce con exactitud cuando se iniciaron. Los primeros de los
que se tiene constancia se celebraron el año 884 a. C., pero
los resultados más antiguos que se conocen se remontan al año
776 a. C.
Leyenda y
realidad se confunden en sus orígenes. Acontecimientos que
ocurrieron en esos tiempos fueron explicados con frecuencia como
consecuencias de la intervención divina, y éste también es el
caso de los Juegos olímpicos.
Según la mitología fue
Zeus quien instauró las Olimpiadas para celebrar su victoria
sobre los titanes, a los que arrojó del valle de Alfeo.
Hay quien atribuye
su origen a los Pisates, primeros pobladores del referido valle,
y otros a Pios, el fundador de Pisa, antigua capital del
Peloponeso
Incluso hay quien
los hace originarios de la isla de Creta, desde donde llegaron a
Grecia a través de un sacerdote llamado Hércules, quien arrivó
a Olimpia quince siglos a.C. estableciendo la tradición olímpica
cretense. Por su parte Píndaro los atribuye a Heracles, un
caballerizo del rey Augias, soberano de la Elida.
También Turquía
reclama su invención basándose en el hecho de que las estatuíllas
de deportistas más antiguas que se conoce fueron halladas en la
Anatolia, de donde lo habrían importado los griegos copiando
modalidades tradicionales de los turcos, entre ellos la carrera
de velocidad sobre una distancia de 192,25 metros que se
disputaba en honor del dios Marduk.
Sea como fuere los
primeros datos reales que se conocen nos remontan al año 884
a.C. Esos primeros Juegos se celebraron por iniciativa de Ifitos,
rey de la Elida, que pactó una tregua con Licurgo, rey de
Esparta, y que tuvo la idea de que hubiera paz entre todas las
facciones en guerra en Grecia: la paz olímpica o Ekcheiria.
Esta paz se extendía desde los tres meses anteriores a los
Juegos y después de ellos, lo suficiente como para permitir a
los participantes un regreso seguro a sus hogares.
Sólo se conocen tres ocasiones en que la Ekecheiria fue rota. Como castigo los deportistas de esas ciudades que no respetaron la tregua fueron expulsados de las siguientes ediciones de los Juegos.
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